Correa vuelve la realidad un simulacro
09/07/2012 José Hernández - Diario Hoy
Análisis
La enfermedad de Chávez, el cambio de Gobierno en Paraguay, el bajón del precio del petróleo... son atentados contra el imaginario correísta. Son señales ineludibles de dos realidades: los 300 años en el poder son un deseo destinado a la hoguera de las vanidades. Y con un petróleo que bordea los $80, la plata que este gobierno ha tenido no es eterna. El péndulo, en todos los casos, siempre vuelve.
El mito de la revolución ciudadana y su retahíla propagandística dejaron sin piso la realidad. Buscaron disolverla. Convertirla en mensajes e imágenes. Volver el país, con el cambio de siglas, en una alegoría perfecta inspirada en el complejo de Adán. Se entiende, en ese contexto, que el presidente no quiera oír a los periodistas. Son gente indeseable que, por vocación y deformación profesional, anda escarbando en la realidad. Y no hay nada peor que eso: la realidad es una terquedad inimaginable.
El correísmo no solo volvió a los años sesenta porque encontró un extraño nexo con el castrismo, el Che Guevara y las canciones de la época. El presidente prefirió ignorar la historia política contemporánea, imposible de soslayar a pesar del complejo fundacional.
Si la política perdió el carácter hegemónico sobre lo real, como dice Mario Perniola, él la volvió principio y fin del poder y la sociedad. Esa visión globalizante, propia de los años cincuenta, regresó como si se tratara de una novedad. Pues no: Vaclav Havel había demostrado que, tras el fracaso del comunismo, el Estado está lejos de ser el representante del bien común. Escritor y expresidente de Checoslovaquia, Havel enriqueció la política y las ideas al convertir a la sociedad en protagonista e interlocutora del poder; no en su sirvienta.
El correísmo devolvió la película y convirtió el Estado en el único depositario del bien común. Y él, como autoridad máxima, en el único representante, intérprete y defensor, de la voluntad popular. Los errores y atrocidades que esas tesis causaron en la historia no le sirvieron de precedente. Como si el segundo error pudiera desmentir al primero. Como si la propaganda, que ha convertido la esfera pública en escenario de simulacros, pudiera sustituir la realidad.
En Carondelet creen que la imagen del poder y lo que diga de sí prevalecen sobre los hechos. Se habla, por ejemplo, de participación mientras mandan a callar incluso a los ministros. Hablan de tolerancia mientras convierten en enemigos públicos, dignos de la lista de delincuentes, a ciudadanos que piden que refrenden su discurso con acciones. Sus asambleístas hablan de fiscalización mientras dejan sin trabajo a la comisión encargada del tema. No importa, entonces, la realidad, sino la capacidad oficial para montar simulacros.
Lo cierto es que el oficialismo ya no necesita justificar sus acciones en el campo teórico o conceptual. Para eso está el mercadeo político. ¿Cómo explica el presidente -ya no hay cómo preguntar a sus ministros- que preconice la democracia y la pluralidad y, al mismo tiempo, amenace a aquellos que las reclaman? ¿Porque contrarían sus pareceres? Entonces, ¿cómo concibe la democracia?
No hay conceptos. Hay publicidad. Hay una maquinaria, pagada con fondos públicos, para demoler públicamente a personas que piensan que la esfera pública se enriquece con debates, no con diatribas ni con calumnias. No hay conceptos ni debates, pero esos viejos campeones de la deliberación pública infunden hoy susto. No solo se burlan, son cínicos y eluden, con mala fe en las sabatinas y en las cadenas, ese debate fundamental para el país.
El oficialismo procede realmente como si el poder, con sus aciertos y errores, no tuviera precedentes. Actúa como si sus militantes y funcionarios se hubieran creído el cuento de que se van a quedar durante 300 años. Hablan como si la ley del péndulo existiera solamente para los otros. Tratan a la gente como si no pensaran que un día estarán en la oposición. Se conducen como si los puestos que ocupan los hubieran comprado.
Paraguay y el crudo dicen que su simulacro y la realidad no son sinónimos.
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