Indígenas ecuatorianos se juegan la vida en agradecimiento a la madre tierra
02/07/2011 AFP
COTACACHI.- Grupos de indígenas se instalan en la plaza de Cotacachi, en los Andes de Ecuador, dispuestos a pelear hasta morir en agradecimiento a la "pacha mama" (madre tierra) por los frutos dados, una antigua tradición que incorpora cada vez más elementos de la cultura moderna.
Extasiados y en grupos de hasta 200, los aborígenes, todos varones, esperan en las esquinas para la "Toma de la Plaza" de Cotacachi (70 km al norte de Quito), punto culminante del Inti Raymi (fiesta del sol en quichua), una ceremonia incaica que también se celebra en Perú y Bolivia.
Cada colectivo representa a una comunidad, ansiosas todas por entrar a bailar en este sitio que consideran sacro, pues en el pasado albergó templos que los conquistadores españoles derribaron para construir iglesias cristianas.
Al danzar, los participantes giran en espiral, silban y cantan alrededor de dos músicos, al tiempo que blanden sus armas. Algunos son emigrantes que regresan por la festividad.
Casi todos usan zamarros (pantalón de piel) y enormes sombreros negros de cartón grueso para protegerse de las piedras, los cuales adornan con símbolos como cruces, esvásticas, estrellas de David, y de la guerrilla colombiana. También camuflajes que conservan de su servicio militar.
Durante el ritual, que coincide con las fiestas católicas de San Pedro y San Juan, afloran rivalidades entre los colectivos, originándose fuertes riñas cuya cuota de sangre es el tributo a la "pacha mama" por las cosechas que se dan a mediados de año tras un ciclo de nueve meses.
Tiempo atrás las contiendas eran a mano limpia, pero ahora incluyen mazos de madera, piedras, látigos de acero y alambres de púas, armas cortopunzantes y hasta de fuego, que casi siempre dejan muertos, cuenta Marco Morales, un indígena de 65 años.
"Antes era más bonito, uno veía las peleas, ya no hay cómo, es peligroso", se lamenta. "Aquí mataron a un chico el año pasado, estaba herido en el suelo y lo remataron con una pedrada en la cabeza. Entonces hubo varios heridos de bala", relata a su vez Ana Ruiz, comerciante de 34 años, quien sostiene que el uso de armas de fuego ha alejado a los turistas.
Lo que no parece haber cambiado es el consumo de licor, que deja a algunos prácticamente en el piso tras mezclar puro (aguardiente), chicha, vino y cerveza.
"Estoy tomando desde hace una semana, no he parado porque me gusta el Inti Raymi", afirma con los ojos desorbitados Fernando Gualsaqui, de la comunidad Calera, tras una refriega con la de los Topos que dejó como ofrenda varias pintas de sangre en la calle.
Este albañil, de 24 años y que porta un grueso bastón, muestra orgulloso la cicatriz que le causó en la ceja una pedrada en un festejo anterior. "El golpe recién se siente al otro día, nomás", asegura.
"Creen que si hay un muerto la madre tierra está más satisfecha", explica César Cotacachi, sociólogo investigador de las tradiciones indígenas.
Además, "el derramamiento de sangre es una forma de devolverle la energía a la tierra y que se fertilice para la próxima cosecha, y demostrarle a la pacha mama cuánto se ha fortalecido uno", añade.
El aumento de la violencia obligó en los últimos años a desplegar policías antidisturbios alrededor de la plaza para la festividad que dura cuatro días. Los agentes forman escudos en las esquinas, que sirven como diques para controlar la entrada y salida de los comuneros.
Cada cabildo tiene una hora para bailar, y en la plaza coinciden máximo cuatro grupos prudentemente alejados.
Pero a veces algunos se resisten a salir, y los policías quedan entre éstos y quienes empujan para entrar a la plaza, desatándose batallas campales como en esta ocasión, que los agentes debieron disparar bombas lacrimógenas para dispersar a los enardecidos, lo que obligó a cerrar los comercios.
"Algunos quieren el parque solo para ellos, no nos dejan bailar. Por eso, cuando toca, hay que ser violento", justifica Giovanni Guevara, un cerrajero de 26 años.
Esta vez las peleas se trasladaron varias cuadras arriba, donde una pedrea envió al hospital, en sólo media hora, a 14 personas, algunas con heridas de perdigones, según una fuente médica.
A la par con la violencia, la costumbre ha acentuado su sincretismo, que ya incluía elementos religiosos, con otros contemporáneos expresados en la moda -muchos estrenan ropa de marca durante la fiesta y han cortado su larga cabellera tradicional- o la música con mezclas de ritmos indígenas y reggaetón.
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